04 Noviembre de 2006, Miami Herald
Por: George Chaya
A los sectores arabistas, y también desde luego a otras tendencias, se les puede aplicar lo que se decía de los nobles franceses después de la Revolución de 1.789: “Nada olvidaron y nada aprendieron...”.
Hay más de dos Líbanos en el tiempo, desencontrados en la historia, y hoy también hay más de dos simultáneos. El Líbano que tuvo su expansión y desarrollo impulsados por los independentistas y la clase política de los años '50 y se extendió por casi un cuarto de siglo, hasta el principio de una etapa de degradación institucional que, en 1.975 incorporó el liderazgo autocrático y sectario de los representantes de las diferentes facciones confesionales frente al avance de la guerra interna iniciada en abril de 1.975 que fracturó el ordenamiento social y las instituciones democráticas del país.
Los nuevos líderes surgidos con la guerra promovieron -estimulados por las diferentes ocupaciones- un resentimiento confesional hasta ese momento casi inexistente a pesar de las malas prácticas entre las distintas comunidades que requerían una impostergable corrección. El predominio panarabista politizó la sociedad civil y desnaturalizó desde el primer momento los objetivos de la Republica Libanesa en lo concerniente a la multiconfesionalidad y la convivencia pacifica y democrática de los sectores étnicos y religiosos que la integran y estipulado en el Acuerdo de 1943.
El perfil de esas etapas se ha mantenido sin modificaciones hasta hoy, con altos y bajos y algunas variables, y mas allá de los intentos que no lograron las correcciones que debían devolver el camino ascendente de los años '60 y principios de los '70.
Entender, entonces, lo que nos pasa no es difícil. Sí es complicado resolverlo. El antiguo panarabismo de Abdel Gamal Nasser, ya no existe, ha muerto con la RAU (Republica Árabe Unida), pero han nacido otros no tan nuevos movimientos regionales que se mantienen, y que han crecido principalmente por su gravitación emocional sobre un terreno vacío de competencia política lúcida y organizada. A los sectores arabistas, y también, desde luego a otras tendencias, se les puede aplicar lo que se decía de los nobles franceses después de la Revolución de 1.789: “Nada olvidaron y nada aprendieron”.
Es más lo que se habla que lo que se piensa y analiza, casi siempre predomina la parcialidad, no existe la moderación ni los matices propios de la reflexión inteligente. Se aplaude o se rechaza en bloque. Es raro el enfoque libre de prejuicios. El fenómeno excluyente –blanco o negro, sin considerar el gris– es lo habitual: al amigo y aliado, todo; al otro, nada, nosotros y ellos. Es así, como luego de casi 30 años de brutal ocupación y sucesivos gobiernos pro-ocupantes, ellos mismos y la oposición pierden, día tras día, su propia credibilidad. Cuando la crítica es temperamental o interesada y no objetiva, se debilita, y fortalece la posición del criticado y esto es reincidente en el Líbano.
Es cierto, que en el último año ha habido algunos cambios positivos y logros más del desastre de julio al que Hezbollah llama “victoria sagrada”. Sin embargo, estos logros no alcanzan a corregir la inquietante debacle social, política e institucional en que vive el pueblo libanés. En estas áreas seguimos retrocediendo.
La contradicción es evidente. El gobierno, mixturado entre opuestos y favorables a Siria, preocupados sin duda, por mejorar sus posiciones los primeros, enfrascados en fortalecer las suyas los segundos, no logra una sólida y creciente recuperación para afrontar los problemas que son de necesidad y prioridad del ciudadano libanés común. Según la ONU y otras fuentes de ONG's, más del 30% de los niños del país viven bajo la línea de pobreza. Cada mil nacidos en los últimos trece años, mueren quince antes de cumplir un año de vida. Más de 8.000 jóvenes emigran anualmente. Espero que señalar estos datos no moleste a políticos, dignatarios, y representantes de ultramar, “aneuronalmente conmovidos”, -como lo dicen hasta el cansancio y desde siempre- por los problemas del Líbano y su pueblo.
La desocupación, ya no se disimula, y hay una marcada insensibilidad por estas problemáticas de parte de la dirigencia política. La brecha continua ensanchándose. La sociedad libanesa ha llegado a una extrema polarización: hay más ricos y más pobres después de 29 años de ocupación siria y fragmentación de la sociedad.
Desafortunadamente la solución para el pueblo del Líbano respecto de las cuestiones y materias más importantes y que refieren a sus necesidades inmediatas -su sustento, su economía, su reconciliación nacional, los derechos de las mujeres y su acceso a la vida política, el cuidado médico, el medio ambiente, la educación, la reforma para la lucha contra la corrupción enquistada en las instituciones, los servicios básicos (agua, teléfono, acceso a Internet, electricidad, etc.)- todavía no son abordadas con seriedad y honestidad para el bienestar del pueblo y sus ciudadanos. Los líderes feudales y tribales continúan manteniéndolos encadenados a tradiciones anticuadas.
La cultura de nuestras mayorías, su educación elemental, su inclinación a la lectura, su interés por los problemas del país y el bien común -para qué hablar de lo político- están ausentes.
Hasta estos días, “he guardado la mayor cautela para moderar comentarios y análisis, y mantener expectativas positivas respecto del publicitado Acuerdo Nacional. No coincido con las críticas frívolas que no ofrecen alternativas”. Pero se observa claramente que el proceso de descomposición en marcha se profundiza por la alarmante declinación de las instituciones y sus interlocutores, la dirigencia política.
La situación actual, se aprecia insegura e imprevisible, hay que ubicarla más allá de lo político, que además, muestra un alarmante desacople. El largo proceso de declinación de los valores que hacen a la paz, a la aptitud y la voluntad para la convivencia, para el orden y la subordinación a la ley, al mejoramiento de la calidad de vida para todos, es mucho más profundo y es insensato tolerarlo sin confrontarlo desde las ideas.
La conducta de los que más intervienen en política se limita a competir por el poder, para mantenerlo o alcanzarlo. “Se olvida que la acción política no es una lucha que debe perseguir sólo la victoria y evitar la derrota, como en el deporte, sino una tarea de conquista, de convencimiento, de adhesión a ideas, propuestas y programas, de diálogo sin temor a ser corregido”. “Unir es positivo; unificar es enterrar la libertad”.
La evolución en el manejo del poder político muestra una debilidad alarmante de las ideologías frente a las políticas de gobierno. Izquierda y derecha, arabistas y no arabistas, religiosos y laicos sólo sirven para confundir. Su imprecisión lleva al prejuicio irracional que traba y anula el análisis objetivo de la realidad, no acarrea el conocimiento intelectual y deja paso a la barbarie.
Entre nosotros seguimos manteniendo ideas anacrónicas, superadas en casi todo el mundo, y a veces, cayendo en un “ritual de resistencia y pseudo revolucionario” que ya se inclina hacia una política dominante reñida con los principios de la democracia igualitaria y pluralista, fundada en la libertad y la multiculturalidad que conoció y estimulo el Líbano desde lo mas antiguo de su historia.
Hoy no podemos hablar de una sana democracia en El Líbano si las reglas que sostienen el sistema son violadas. No hay civilización política que asegure la libertad y la justicia sin un sólido estado de derecho, división de los poderes que le llaman , ordenada y observante de la ley, de lo que hablaba un señor que algo sabia de ello llamado Montesquieu. Si reconocemos estas condiciones como esenciales a la democracia, iremos por el buen camino, su desconocimiento o violación nos autoriza a decir que estamos ante la barbarie política. Siempre hay tiempo para el diálogo, y hoy es la modalidad aconsejable para escuchar y compartir legítimas preocupaciones, estudiar propuestas, corregir y aceptar observaciones.
La mayoría del Pueblo Libanés se queja por estas políticas irracionales y al mismo tiempo destructivas, pero estas demandas de la gente son silenciadas inmediatamente por gritos de que ello es una "traición" a la causa árabe, y que la "resistencia" es lo correcto y natural de apoyar, aunque en la realidad, no hay realmente nada por que resistir dentro del país. Excepto por supuesto, la tarea honorable de liberar a la gente libanesa de las cadenas del feudalismo, los fanatismos religiosos, el pensamiento tribal que daña a todo el pueblo libanés por igual, el individualismo virulento enquistado en ciertos sectores sociales y personajes -que es nuestra cualidad más destructiva- la estructura anacrónica y patriarcal de la sociedad libanesa que concede ciudadanía a un niño nacido de un padre libanés pero no a uno nacido de una madre libanesa, el despreciable rechazo que se ejerce en algunos sectores sociales y políticos por el potencial de la mujer para contribuir con la sociedad libanesa, la violación continuada de nuestros derechos -que en última instancia son nuestros únicos recursos-; las minas, que son heridas abiertas en nuestros valles y montañas, el manejo oscuro de los dineros públicos (por parte de los señores feudales en el gobierno y el parlamento) y un sin fin de etcéteras.
La sabiduría enseña que nunca hay que desechar el lado positivo de las ideas. Es un error irreparable creer que tenemos el monopolio de la verdad, así como que el adversario tiene el monopolio de la mentira o la equivocación. Quien mejor puede señalar nuestros errores es justamente el adversario, por tanto, y definitivamente, para bien del pueblo del Líbano, la clase dirigente debe comprender esto y aplicar sentido común a sus acciones para no incurrir en los desaciertos del pasado que tanto daño, sufrimiento y horror causaron al país.