Aunque no son pocos los que señalamos la legitimación del terrorismo que supone invitar a los terroristas a la mesa de negociaciones, no deja de resultar paradójico que el número de los que defienden esta tesis en público sea apenas una pequeña fracción de los que la comparten. El motivo es lógico: ¿quién va a ser el primero “en poner obstáculos a la paz”? La reciente conferencia de Anápolis y el asesinato esta mañana del General Francois Hajj están relacionados, y sirven de demostración - en caso de que aún haga falta alguna - de que estas conferencias de paz sirven exactamente para lo contrario.
La misma semana de la conferencia de Anápolis, el New York Times entrevistaba a un alto funcionario de la administración Bush a propósito de la decisión de invitar a Siria a la conferencia. El ato funcionario argumentaba, "Mire, un grupo en la Liga Árabe estaba diciendo que no podía asistir a menos que Siria fuera incluida en la agenda. De modo que incluimos a Siria en la agenda. ¿Qué nos costó? Nada".
Dudo que el propio funcionario no supiera que, incluso si no hay dinero cambiando de mano, Estados Unidos sí ha pagado un precio por la participación de Siria. Lo que ha costado la participación de Siria en Anápolis a Estados Unidos es el Líbano, y el atentado que ha costado la vida a Francois Hajj es la demostración.
Inmediatamente después de la conferencia, la mayoría anti-Siria del parlamento libanés accedía a apoyar al candidato de Siria, el General Michel Suleiman, como próximo presidente libanés a reemplazar a un agente sirio, el ex presidente Emil Lahoud. Como explicaba al Times Talal Atrissi, analista político de la Universidad Libanesa, "los sirios no querían ir a Anápolis y sin ellos la conferencia habría sido un fracaso... Los sirios cambiaron su participación, que no les costaba nada, por un acuerdo sobre la presidencia libanesa”.
Menos de dos semanas más tarde, sabemos que las fuerzas anti-sirias del Líbano interpretaron la decisión norteamericana de invitar a Anápolis a los sirios como el abandono de la democracia libanesa por parte de los americanos. El pasado octubre, el líder de la coalición anti-Siria, Saad Hariri, visitaba Washington. Tras reunirse con el Presidente George W. Bush y los líderes del Congreso, Hariri informaba a la prensa, "Existe una maquinaria asesina en Siria. Vinimos a Washington a decir 'si vais a hacer algo, hacédnoslo saber. Si no vais a hacer nada, hacédnoslo saber. Pero no importa lo que pase, no vamos a abandonar'“.
Al invitar a Siria a Anápolis, los americanos dicen a las fuerzas anti-sirias del Líbano todo lo que necesitan saber. Aceptando la realidad del abandono de América, abandonaban y anunciaban su apoyo a Suleiman.
El ascenso de Suleiman a la presidencia libanesa es desastroso para Estados Unidos por dos motivos: destruye la credibilidad norteamericana como aliado, y con la decisión de Rice de presionar a Israel, su postura lánguida ante los abusos de Rusia contra Ucrania y Polonia, su abandono de Japón en favor de apaciguar a Corea de Norte y su abandono de las fuerzas políticas pro-americanas en Irak, la elección de Siria en lugar de los demócratas libaneses deja claro que no hay ninguna ventaja a sacar de ser proamericano. Pero volviendo a Anápolis y el atentado de hace unas horas, la bomba iba dirigida en esta ocasión al General Francois Hajj. Aunque todas las bombas del servicio secreto sirio - Al Yazira lo da por hecho ya esta mañana - han estado dirigidas a liquidar a los miembros de la oposición (necesita matar a 8 para forzar un proceso favorable y ya ha matado a 6), la necesidad de matar a un miembro del ejército es ésta: Hajj, católico maronita de 55 años, era el principal candidato a suceder en el ejército a Suleiman, una vez éste hubiera ocupado la presidencia. Y era reformista, pro-occidental, y anti-Hezbolá.
Anápolis ha premiado pues de manera sustancial a Siria a cambio de nada. Su presencia en una cumbre internacional descomprime además su aislamiento internacional, algo sorprendente si tenemos en cuenta que a comienzos de otoño, Israel destruía una instalación nuclear importada de Irán dirigida a producir material con el que atacar a Israel.
Michel Suleiman forjó su carrera militar bajo la ocupación siria del país, y utilizando su amistad con Lahoud como trampolín, desmanteló el ejército libanés y apoya a Hezbolá, a veces con su silencio y a veces más allá, como bien saben los efectivos españoles. Fue nombrado Comandante del Ejército por Lahoud en la misma época de la ocupación, rechaza las detenciones de los hombres que hoy están en prisión sospechosos del asesinato de Rafik Hariri, mantuvo al frente de la Dirección General de Seguridad al Brigadier Samir al Jadem (hoy en prisión por el crimen) tras el asesinato del Brigadier General Jamil al-Sayyid, y apoya al Coronel Maher Toufayli, que ha trabajado como Director General en funciones de la Seguridad del Estado y está estrechamente ligado a Hezbolá como jefe de la inteligencia militar en el sur del Líbano. Todo el entramado islamista libanés se sustenta pues en esta figura. La elección de Michel Suleiman como jefe del ejército fue todo lo que lo que los regímenes sirio e iraní necesitaban como punta de lanza para convertir al ejército libanés en el ejército de la República Islámica del Líbano.
Para añadir insulto a la injuria que supone que sea Siria quien sigue poniendo (a dedo) y quitando (con bombas) a los cargos libaneses, la identidad de Suleiman es públicamente sospechosa: sus abuelos han sido miembros de la secta alawita de Siria, la misma a la que pertenece la familia Assad, antes de emigrar y convertirse en cristianos maronitas en el Líbano. A través de su propio matrimonio, el General Suleiman también mantiene vínculos con Siria, pues se casó con una mujer de familia con conexiones políticas muy estrechas con la familia Assad: el general Michel Suleiman es cuñado de Gibran Khouriyyeh, quien no es un cualquiera en Siria, sino que ocupó el cargo de portavoz oficial del presidente Assad (padre).
Cuando el ejército sirio se retiraba del Líbano en el 2005 bajo intensa presión ejercida por el pueblo libanés y la comunidad internacional, tanto Michel Suleiman como el diputado Walid Jumblatt (hoy un pilar de lucha contra Siria, antes prosirio) alabaron el papel del ejército sirio durante 30 años en el mantenimiento de la paz dentro del país y poniendo fin a la guerra civil (1975-90). Suleiman ofrecía entonces este emotivo adiós a sus "hermanos sirios de armas": "Juntos vamos a seguir siendo siempre hermanos de armas frente al enemigo israelí". [International Herald Tribune, 26 de abril de 2005].
Así las cosas pues, llegamos al presente: Siria ha participado en Anápolis, ha introducido sus exigencias, y lejos de costar nada, ha costado un país; lejos de aportar nada, su participación sólo ha servido para que endurezca sus posturas. Queda demostrado pues que “el obstáculo a la paz” lo ponen aquellos partidarios de la participación de estados criminales en conferencias, no al revés.
Es necesario concluir con una nota al reciente atentado: todos y cada uno de los generales que han tratado de "salvar" al Líbano han sido una gran decepción transcurrido unos meses: Fouad Shihab, Emile Bustani (que cedió la soberanía del sur del Líbano a Yasser Arafat en 1969) o Michel Aoun (que regaló el palacio presidencial a los sirios) son algunos nombres que vienen a la cabeza. No hay que olvidar además que tal y como están yendo las cosas, la voluntad del pueblo libanés no ha elegido a nadie y el destino del Líbano y el pueblo libanés continuarán en crisis gracias a este remake del abandono de Bush padre con los kurdos frente a Saddam Hussein.
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