La preservación de esos valores fundamentales no debería garantizarse únicamente en la esfera política, institucional o jurídica. Es necesario que las propias sociedades occidentales se ocupen de velar por la permanente vigencia de esos valores y principios en el seno de cada familia.
Ninguna sociedad puede organizarse sobre cimientos sólidos si no existe en su seno el compromiso compartido de preservar y fortalecer determinados valores fundamentales. Cuando en los siglos XVIII y XIX se generalizó la adhesión de las naciones civilizadas al constitucionalismo liberal y el gobierno democrático, se extendió también rápidamente por el mundo la idea de que determinados valores jurídicos y morales básicos, a saber, aquellos relacionados con los derechos individuales y su inviolabilidad o con el respeto incondicional a la dignidad del ser humano, debían ser consagrados expresamente como principios supremos y fundamentales.
Quizá uno de los rasgos más negativos de Occidente sea el crecimiento progresivo de una cultura relativista, que lleva a los seres humanos a ocuparse cada vez más de lo superfluo e incidental, y cada vez menos de lo trascendente. Nos dedicamos al análisis de los medios que empleamos en nuestra actividad cotidiana, pero no nos detenemos a reflexionar sobre los grandes fines y los elevados valores sobre los que se fundan las sociedades a las que pertenecemos. Y sin embargo, el tema de los fines y los valores es el que más debería ocupar el pensamiento y el interés prioritario de aquellos que aspiramos a vivir en un mundo mejor.
Ahora bien, la preservación de esos valores fundamentales no debería garantizarse únicamente en la esfera política, institucional o jurídica. Es necesario que las propias sociedades occidentales se ocupen de velar por la permanente vigencia de esos valores y principios en el seno de cada familia, en los diferentes ámbitos de la vida cultural, en los medios de comunicación y, muy especialmente, en el campo de la formación educativa. Defender los valores máximos de una sociedad libre y democrática es tarea y responsabilidad de todos. Los valores no son públicos ni privados: son de todos los hombres y de todos los pueblos.
La educación en los valores es la piedra angular sobre la que se asegura que una sociedad permanecerá fiel a los ideales y conceptos universales que hacen más libre al hombre y que dieron origen a los principales contenidos del humanismo civilizador. Esos valores pueden responder a diferentes creencias filosóficas, éticas o religiosas, pero lo importante es que han sido legitimados por la cultura universal y han adquirido una indiscutible proyección en el tiempo y en el espacio. Para las sociedades herederas del tronco milenario judeocristiano y de las distintas manifestaciones del monoteísmo tradicional, la fe en un Dios único y eterno será, seguramente, un valor insoslayable. Desde luego que ello no debe ir en detrimento del respeto obligado a todas las creencias y principios, religiosos o no, que conviven naturalmente en una sociedad respetuosa con la libertad de expresión.
Entre esos valores e ideales que la civilización y la historia han consagrado, ocupan un lugar de prioritaria relevancia el rechazo y la superación de toda forma de violencia, la defensa de la paz como ideal universal, y la exaltación de la libertad y la justicia como conceptos fundamentales de toda estructura social organizada.
Tampoco deben faltar entre esos valores el que consagra y reconoce que los derechos de cada persona tienen un límite infranqueable que debe respetarse y que está marcado por la frontera donde comienzan los derechos de los demás. Dentro de los valores básicos de todo grupo humano debe ser incluido expresamente el que lleva a sostener que todo juicio y todo razonamiento sobre la realidad humana o natural debe ser formulado en función de los hechos objetivamente considerados, y no según ideologías o creencias subjetivas, religiosas o de cualquier naturaleza. Es decir, la verdad, y no la recreación arbitraria de los hechos, debe imperar en las relaciones cotidianas que los hombres mantienen unos con otros y también en el plano de las relaciones sociales e institucionales.
Entre las virtudes de alcance universal ha de estar presente, asimismo, el valor que prescribe que los seres humanos tienen deberes cívicos insalvables y que por tanto, deben participar comunitariamente, en cada país, en cada ciudad y en cada pueblo en la construcción de las instituciones cívicas y políticas indispensables para la vida en común y, sobre todo, para una convivencia pacífica debidamente garantizada. Y ha de tenerse en cuenta, de manera insoslayable, el requisito supremo de que la justicia humana sea administrada y ejercida por jueces intachables e independientes, en un contexto de absoluta transparencia institucional y con arreglo al principio universal que determina una previsible y saludable división o distribución de funciones o de poderes.
Otro principio básico que no puede ni debe faltar en este ligero repaso referencial es el que nos invita a respetar la propia historia y las grandes tradiciones nacionales. Cuanto más se acerca uno a los matices derivados de interpretaciones, más se desvirtúa y falsifica la historia - como ocurre actualmente – más se erosionan los cimientos de las sociedades democráticas en favor de los totalitarismos, y más se extiende la desorientación y la ignorancia. La historia, como es sabido, es en sí misma una fuente permanente de valores y es también una guía de orientación para conductas públicas y privadas.
Es imperativo que redescubramos los valores que se encuentran en las raíces de un Occidente democrático independiente y libre, y que tratemos de acercarlos a la realidad vivencial y cotidiana de cada día. Un mundo sin valores es un mundo vacío. En esta guerra contra el terror, que es una guerra de ideas, Occidente debe hacerse un chequeo, y si se considera democrático y ama la libertad deberá hacerlo con la firme convicción de reconocer y asumir en su totalidad los grandes valores humanos, espirituales y sociales que presiden lo mejor de su historia, sus tradiciones y su cultura. De lo contrario, Occidente está condenado.